El hogar
es un sitio peligroso, insalubre, claustrofóbico para cualquier
ama de casa tiempo completo, y también para las part-time que
cumplen doble jornada: además de los muchos accidentes que ponen
en riesgo su integridad física, a las mujeres que acaparan todos
los quehaceres domésticos para promover el bienestar familiar las
acechan los fantasmas de la automatización, el hastío, el
descenso de la autoestima frente al desprestigio y la
desvalorización de esas labores que –se descuenta– deben
llevarse a cabo desinteresadamente, por pura vocación de
servicio. Porque este trabajo que sólo resulta visible si no se
lo hace, es considerado improductivo para la lógica capitalista,
por lo tanto no se paga. No es de extrañar, entonces, que “la
pelusa de lo cotidiano”, al decir de Virginia Woolf, atente
contra la salud mental de las mujeres (hace unos cuantos años,
basándose en una encuesta, García Márquez publicó un trivial
artículo titulado “Las
esposas felices se suicidan a las seis”, que Griselda
Gambaro respondió con aguda lucidez, develando el machismo
encubierto detrás de presuntos halagos).
Muy raras veces en el cine, la literatura, el teatro o la televisión
se atreven a mostrar el lado oscuro y violento de los quehaceres
del hogar, y menos todavía a plantear alguna forma de insurrección
femenina en este campo: para encontrar películas como Una mujer
bajo la influencia, de Cassavettes, o Qué he hecho yo para
merecer esto, de Almodóvar hay que rebuscar bastante, aunque
desde luego siempre podremos recurrir a Chantal Akerman. La
diabla, de Susan Seidelman, inspirada en Vida y amores de una
maligna, de Fay Weldon, es quizás el único film donde un ama de
casa manda sus sacrosantos deberes al demonio y hace estallar al
unísono todos los electrodomésticos, dejando el gas abierto para
que reviente la casa.
Cierta literatura de mujeres que tuvo su auge –Angeles Mastretta,
Laura Esquivel, Isabel Allende–, nunca llegó a proponer la
rebelión contra las ollas, la plancha, la aspiradora, concentrándose
en los encantos de la cocina, la actividad más creativa –si hay
vocación y no compulsión– del rubro labores del hogar.
Semejante subversión es la que encara con talento, premeditación
y osadía Valeria Kovadlof, la coreógrafa y bailarina en Punto
perdido, un espectáculo de danza-teatro extremadamente
estilizado, que no desdeña la palabra y casi prescinde de la música,
sobre el desorden y la explosión de ese espacio doméstico que
las revistas femeninas y el canal Utilísima siguen pretendiendo
que es el mejor de los mundos (para ellas, claro). Mabel y Betty
se reúnen en un ambiente que representa una casa donde las cosas
no funcionan como es debido: hay algunos objetos de juguete
(sillones, la cocina, la heladera) que parecen de la época en que
estas mujeres jugaban a la casita, y otros de tamaño natural (la
tabla de planchar, una mesa rodante, un changuito). Aquello de
cocinar, limpiar, coser y cantar no va más para estas chicas que
volcaron y ya no pueden seguir con las tareas que las han hecho
tan desdichadas, tan desquiciadas. Intentan amasar, cocinar,
repetir recetas como una melopea, pero no hay caso, están como
dislocadas, desbaratadas... Sin embargo, aún les queda un
resquicio para la purificadora catarsis.
Punto perdido es, por su calidad y singularidad, un espectáculo
francamente recomendable, extrañamente divertido que denota un
largo tiempo de investigación y preparación. Natalia López y
Gabriela Goldman, con un dominio corporal notable y gran riqueza
de recursos expresivos, brindan interpretaciones memorables.
Punto perdido, en El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960,
4862-0655, a $8, estudiantes y jubilados $5. |